19 jul. 2012

Al Qusayr, donde estar vivo es un milagro


AL QUSAYR, Siria.— En Al Qusayr, en la provincia siria de Homs, caen una media de 30 bombas al día, es decir, 210 a la semana y 840 al mes. Esto significa que, en los últimos tres meses de ofensiva, han caído allí 2 mil 520 morteros y misiles disparados desde los puestos de control del régimen del presidente Bashar al-Assad.
Las estadísticas son aterradoras y la población lo sabe. Una o dos personas mueren a diario, por lo que muchas familias decidieron construir refugios a toda prisa bajo tierra para esconder a las mujeres y los niños que quedan allí.
En total, unos 10 mil habitantes decidieron quedarse, ya sea por plantar cara a Al-Assad o porque tienen miedo de morir en su huída hacia Líbano, donde hay constantes combates entre el Ejército Libre Sirio (ELS) rebelde y las tropas gubernamentales.
“Aquí han caído ya varias bombas al lado de mi casa”, explica Abu Muatar, dueño de un taller de reparaciones que cavó un búnker con la ayuda de los vecinos. De unos tres metros de alto y una parte superior con tres capas de ladrillo, cemento y tierra, caben unas 30 personas apelmazadas, aunque el calor es insoportable. Pero Abu Muatar, junto a su mujer y los dos hijos de ambos, no quieren correr más riesgos. Su casa tiene el techo de madera y es un blanco fácil para los explosivos que llueven del cielo.
El viernes falleció una mujer a la que una bomba reventó las dos piernas. No pudieron hacer nada por ella en el hospital clandestino donde no hay cirujanos y trabajan a destajo unas 20 personas dispuestas a morir para ayudar a salvar vidas.
“La mayoría vienen con heridas de metralla o han sido alcanzados por francotiradores”, explica el doctor Kaseem, el único médico del centro. Allí muchos pierden la vida por falta de medios y de personal especializado. “A veces me hundo, siento que podría hacer más” , dice Kaseem. “Nos falta de todo, no hay casi anestesia, ni oxígeno. Hacemos lo que podemos”.
“Dios nos ayuda, lo sé. Si no, ¿cómo es posible que salvemos vidas en estas condiciones? Es un milagro, somos las manos de Alá”, dice Hasim Kuliani, un enfermero.
Cuando el caso es grave, los heridos se trasladan al Líbano. Pero la presencia de tropas complica la llegada. Muchos no lo logran. “Antes de ayer enviamos a un chico y no pudo cruzar. Lo trajimos de vuelta y sólo pudimos esperar el momento final”, explica Kaseem, abatido por la dureza de ver morir a hombres, mujeres y niños que, en otras circunstancias, podrían ser tratados y sobrevivir lejos de esta guerra.

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